Aquí sentado entre cientos de personas cargadas con maletas “de mano” me hallo, esperando el avión que me llevará de vuelta a casa después de quince días de desconexión de la estresante rutina a la que, al igual que miles de humanos, me veo sometido. Período de desconexión total, de liberación de tensiones y de mucho mucho gozo.
Me hallo en las tierras de Véneto, dándole un capricho a mi paladar con el vino tinto tan peleón de los viñedos más bellos que he visto en mis 23 años de vida, y alimentado a base de pizza de la buena y pasta de todo tipo que a diferencia de la que estoy acostumbrado a comer, no está pegada si no al punto, al dente como se dice por aquí.
Observando a la gente arriba y abajo con las maletas, situándose cada uno en una sala de espera diferente según sus destinos, y escuchando The Script en el iTunes, mientras espero apaciblemente que se abra el embarque del vuelo (que por otro lado llega con retraso, cosa que no afecta a mi clímax anímico) vuelvo a jugar a eso que hacía tantísimo que no hacía: al autoconocimiento, a la búsqueda de mi yo más profundo, y a la alabanza y al mimo hacia mis placeres más pequeños para potenciarlos al máximo… Y me doy cuenta que yo quiero viajar, me doy cuenta que yo no soy de esa clase de personas que están toda la vida en un sitio, me encanta ir de aquí allí y conocer mundo.
Tengo al lado unos viejos que me están tocando los cojones ya desde el momento que se me han colado en la taquilla para coger el autobús en Venecia hasta el aeropuerto. Ahora tengo a la señora aquí al lado, indecisa en cuál de mis dos lados sentarse, y yo con el maletín del MacBook de un lado a otro como un pallaso. En otras ocasiones les hubiera soltado un moco de los míos, pero ahora debe ser que tengo un ying o un yang o un che o un chi o como queráis llamarlo, pero estoy en una calma sorprendente que me impide estresarme por nada y me hace muchísimo más apacible… ¡A ver cuánto me dura!